La Agencia Internacional de la Energía confirma que 2025 marcó un punto de inflexión irreversible: la energía solar fotovoltaica superó al gas como principal fuente de crecimiento energético. Cubrió más del 25% del aumento global de demanda. Este salto no es coyuntural. Responde a una desaceleración estructural de los combustibles fósiles, tensiones geopolíticas en el estrecho de Ormuz, y una aceleración sin precedentes de la electrificación del transporte.
¿Por qué la demanda de gas y petróleo se estancó en 2025?
El gas creció solo un 1% en 2025, frente al 2,8% de 2024. Esa caída de casi dos puntos porcentuales refleja una industria debilitada y precios del gas licuado insostenibles en el primer semestre. El petróleo avanzó apenas 0,7%, con un incremento de 0,65 millones de barriles diarios. Es la tasa más baja de la última década.
La electrificación del transporte es el factor clave. En 2025, uno de cada cuatro vehículos nuevos matriculados fue eléctrico. Esa adopción masiva redujo la dependencia del crudo en carretera, el mayor consumidor histórico.
¿Cómo afecta el cierre del estrecho de Ormuz a los precios y la oferta?
El estrecho de Ormuz concentra el 20% del comercio mundial de petróleo. Su cierre parcial en 2025 generó una escalada de precios que la AIE vincula directamente con la caída prevista de 80.000 barriles diarios en 2026. Es la primera contracción desde la pandemia.
Este episodio no es aislado. Refleja una vulnerabilidad sistémica en las cadenas de suministro fósil. Las interrupciones no solo elevan costos. Desaceleran inversiones en nuevos proyectos y aceleran la migración hacia alternativas locales y descentralizadas, como la energía solar distribuida.
¿Qué papel juega la energía solar fotovoltaica en esta transición?
La energía solar fotovoltaica no solo lideró el crecimiento en 2025. Lo hizo con récords de instalación y caída de costos. Su participación superó al gas en aportación neta a la demanda global. Esto no significa que el gas haya desaparecido: sigue representando el 17% de la matriz energética total.
Pero su rol cambió. Ya no es el motor del crecimiento. Es un respaldo. Y su futuro depende menos de la demanda y más de la seguridad energética y la flexibilidad que aporta frente a la intermitencia solar.
¿Cuál es el impacto económico y regulatorio de esta desaceleración fósil?
La desaceleración fósil tiene consecuencias tangibles. Países exportadores enfrentan menores ingresos fiscales. Empresas petroleras reorientan sus inversiones: el 42% del capital CAPEX de los cinco mayores operadores se destinó a energía limpia en 2025, frente al 18% en 2021.
Desde el marco legal, la Unión Europea activó en enero de 2026 el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM) para importaciones de acero, aluminio y cemento. Esto presiona a los países productores a descarbonizar sus procesos o perder acceso al mercado más grande del mundo.
Datos Clave
- La energía solar fotovoltaica cubrió >25% del aumento global de demanda energética en 2025.
- El crecimiento del gas natural se desplomó del 2,8% (2024) al 1% (2025).
- El petróleo creció solo 0,7% en 2025: la tasa más baja de la última década.
- La AIE prevé una caída de 80.000 barriles diarios de crudo en 2026 por tensiones en el estrecho de Ormuz.
- El 25% de los vehículos nuevos matriculados en 2025 fueron eléctricos, acelerando la reducción de demanda fósil en transporte.
La transición energética ya no es una proyección. Es una realidad operativa. Las señales son claras: los mercados responden a riesgos geopolíticos con diversificación, no con más extracción. Las políticas públicas refuerzan la inversión limpia. Y los consumidores adoptan tecnologías que reducen su dependencia de los hidrocarburos. El ciclo fósil no ha terminado, pero su fase de expansión sí.