En el corazón de Valencia, un eco resuena en la memoria de Nacho Barceló, un hombre que ha tenido que enfrentar los fantasmas de su infancia. A sus 56 años, recuerda con claridad los pasillos del Colegio Santo Tomás de Villanueva, donde un profesor, Fray Balbino, se convirtió en el símbolo de un sufrimiento que ha marcado su vida. Para Barceló, el sonido de una llave girando en la cerradura no es un simple recuerdo escolar, sino el inicio de un ciclo de abuso que lo dejó paralizado durante años. En su relato, revela cómo el religioso aprovechaba su posición de poder para someter a los niños, un comportamiento que no solo afectó a Barceló, sino a muchos otros compañeros que también fueron víctimas de este abuso sistemático.
La Orden de San Agustín, en un intento tardío de asumir la responsabilidad, ha reconocido y condenado estos abusos, pidiendo perdón a las víctimas. Sin embargo, el camino hacia la justicia ha sido largo y doloroso. A nivel nacional, la orden ha contabilizado 16 religiosos acusados y 28 víctimas menores entre los años 50 y 2011, con cinco casos en la Comunitat Valenciana. Barceló es uno de ellos, y aunque lamenta el silencio cómplice de la época, ve en el reciente acuerdo entre la Iglesia y el Estado una posible vía para cerrar oficialmente una herida que ha permanecido abierta durante medio siglo.
### Un Pacto Histórico para la Reparación
El reciente pacto entre la Iglesia y el Estado para indemnizar a las víctimas de abusos ya prescritos marca un hito sin precedentes en España. Este acuerdo representa el primer reconocimiento oficial de una responsabilidad institucional que la jerarquía católica había evitado durante décadas. Barceló se muestra satisfecho con este avance, ya que implica una asunción de responsabilidades por parte de la Iglesia. «Si no fuera así, la Iglesia no asumiría el pago de unas indemnizaciones que le corresponden a ella y no al Estado», afirma.
Sin embargo, para Barceló, el dinero no es el objetivo principal. «Nadie se mete en esto por dinero. ¿Cómo cuantificas económicamente que durante 20 años de tu vida no te has desarrollado afectiva ni sexualmente por culpa de un abusador?», se pregunta. Para él, lo fundamental es que la Iglesia deje de actuar como encubridora y que se reconozca el sufrimiento de las víctimas.
El proceso de denuncia ha sido un «calvario necesario» para Barceló. A pesar del dolor que implica remover el pasado, considera que romper el silencio no es un acto de venganza, sino un ejercicio de memoria que busca garantizar que la verdad oficial deje de ser un secreto a voces. «Estoy convencido de que lo sabían perfectamente y se protegió al abusador», afirma con firmeza. Recuerda cómo, cuando los casos eran conocidos, Fray Balbino fue apartado a una biblioteca en Alicante, pero nunca se le expulsó de la Iglesia. Esta estrategia de ocultamiento, según Barceló, se llevó a cabo para mantener un prestigio que ya estaba roto.
### La Dualidad de la Respuesta Institucional
A pesar de su crítica a la Conferencia Episcopal, Barceló distingue entre la frialdad burocrática y el trato humano que recibió en la oficina «Repara» de la Diócesis de Madrid. «Allí me sentí escuchado y comprendido, con una empatía que no siempre se ve en los comunicados oficiales», admite. Esta dualidad es lo que hace que el pacto sea tan relevante: permite que las víctimas que no pueden acudir a la justicia ordinaria por la prescripción de los delitos encuentren una validación oficial a su sufrimiento.
Hoy, Nacho Barceló es una de las 115 víctimas valencianas que figuran en la base de datos de la investigación que dio inicio al pacto final. Su caso se alinea con el perfil del nuevo acuerdo: víctimas reconocidas por sus propias órdenes pero sin sentencia judicial. Barceló espera que este sea el punto y final a un capítulo doloroso de su vida. Para él, y para aquellos compañeros de pupitre que aún guardan silencio, el eco de la llave de Fray Balbino comienza a desvanecerse ante el peso de la verdad escrita. La lucha por la justicia y la reparación continúa, pero ahora con un rayo de esperanza que ilumina el camino hacia la sanación.
